TYWIN
No
podía quejarse, realmente no podía quejarse. Su vida en Desembarco del Rey no
era realmente lo que había planeado para su futuro, y ahora que residía allí
tampoco era como lo había imaginado. Pero era más de lo que podía pedir, aunque
la capital no fuese precisamente la ciudad más maravillosa del mundo.
Cualquiera podría pensar que allí sólo vivían familias nobles y gente de alta
alcurnia, cuando realmente había tanta pobreza, o incluso más, que en cualquier
villa de Poniente. Por no hablar del olor. Tywin daba por sentado que jamás
podría acostumbrarse a aquel hedor, de hecho sentía una bofetada de aire fétido
cada vez que salía de la Fortaleza Roja.
–
¿Otra vez pensando en el amor de tu vida, Tywin? –Preguntó Steffon de repente.
–
Cierra la boca.
–
Entonces es eso… Tiene sentido, sólo el amor podría distraer a un hombre tan
cascarrabias como tú.
–
En cambio a ti te distrae hasta el vuelo de una mosca.
–
Oh, me hieres, Tywin. A pesar de nuestra bonita amistad no me confías tus
problemas amorosos.
Aerys
rió a lo lejos al escuchar aquello: –El día que Tywin piense en amor será
porque lo hayan envenenado.
–
¿Algo así como un elixir del amor? –Preguntó un sonriente Steffon.
–
Sin duda –contestó Aerys, soltando una carcajada.
Tywin
maldijo internamente, pero aprovechó aquel momento de distracción para
arrebatarle la espada a Steffon con habilidad, dejándole un leve rasguño en la
mano. El Baratheon se quejó levemente, más por la sorpresa de aquel inesperado
ataque que por el dolor.
–
¿Ves? Distraído de nuevo –argumentó Tywin.
–
Eso no es justo, estaba hablando con Aerys –refunfuñó el moreno.
–
Y ahora acabas de comprobar que combatir y hablar con otra persona a la vez no
es una buena idea.
Steffon
miró a Aerys como si buscara apoyo en él, mas éste sólo se encogió de hombros
mientras sonreía: – Te ha vuelto a vencer.
–
Tsk, tener familia en la corte para esto –murmuró Steffon a regañadientes.
Ya
era costumbre que Steffon y Tywin buscaran un momento en el día para entrenar
en el patio de armas mientras Aerys les observaba algo más alejado, por si en
algún momento fuese necesaria la intervención de un intermediario. Era algo
similar a una competición entre ambos, sobre todo para el Baratheon, mucho más
emocional y expresivo que el Lannister.
–
Algún día deberías pelear con nosotros, Aerys –dijo Steffon–. ¿O acaso quieres
ocultar tus artes secretas?
–
¿Artes secretas? –Repitió Aerys, sonriendo de lado a la vez que apartaba la
vista de su primo–. Sí, bueno… es posible.
La
distracción de Aerys se debía a un grupo de mujeres que regresaban a la fortaleza.
No estaban muy cerca, pero se reconocía perfectamente a cada una de ellas, en
especial a la princesa Rhaella, que sobresalía por su larga melena plateada.
Iba acompañada por varias de sus doncellas, a las cuales Tywin sólo conocía de
vista. Excepto ella.
En
cambio Aerys parecía saber mucho de todas ellas. En esta ocasión se fijó en una
morena de aspecto dorniense que iba al final de aquel pequeño grupo. La
susodicha se percató de ello y mostró una tímida sonrisa ladeada, a lo que
Aerys respondió con una sonrisa mucho más atrevida para acto seguido morderse
el labio en un claro gesto de lascivia hacia aquella mujer.
–
Menuda pieza nuestro futuro rey, ¿eh? –Le murmuró Steffon a Tywin–. Esperemos
que no se dedique a llenar Poniente de bastardos como hizo uno de sus
antepasados más conocidos.
–
Éste parece que tiene especial predilección por las doncellas de su esposa –contestó
Tywin en susurros–, y eso a ella no le sienta nada bien –comentó al ver el
rostro de Rhaella.
–
Tampoco puede hacer nada por evitarlo.
–
Lo sé –respondió encogiéndose de hombros–. ¿Tú harás lo mismo cuando te cases? –Steffon
le miró extrañado.
–
¿Por qué me haces esa pregunta?
–
Tienes pinta de ser igual que tu primo en ese aspecto –confesó Tywin alzando
una ceja.
–
Pff –Steffon rió entre dientes, volviendo a dirigir su mirada hacia aquel grupo
de mujeres–. Eso ya lo averiguaremos en el futuro. Aunque puedo asegurarte
algo, amigo Lannister… Si llegara a casarme con la mujer que quiero, no me
acostaría con ninguna otra. Ni siquiera con la belleza de tu prima.
–
¡Eh! –Exclamó Tywin, mirándole directamente a los ojos.
–
¿Qué? ¿Acaso es mentira? Cualquiera sucumbiría ante ella. Si fuera mía te aseguro
que no la dejaría salir del lecho –comentó el moreno entre risas, aunque sus
carcajadas cesaron inmediatamente al ver aquella mirada verde cargada de odio–.
¿Qué infiernos te pasa, Tywin?
–
No vuelvas a decir eso. Nunca.
–
¿Por qué no? Siete Infiernos, Tywin, reconócelo, tu prima está par…
–
No sigas –le interrumpió el Lannister, cada vez más malhumorado–. No consiento
que hables así de ella, de mi familia, y mucho menos estando yo presente.
–
Está bien, está bien, está bien, lo capto. Nada de mancillar con las mujeres
Lannister.
–
Steffon…
–
Una broma, era una broma –dijo riendo–. De todas formas creo que yo no soy el
mayor peligro para ella –comentó pasándole un brazo por encima de sus hombros.
–
¿Te refieres a Aerys?
–
¿A quién si no? ¿Debo recordarte su debilidad por las doncellas de su esposa?
Tywin
volvió a dirigir su mirada hacia Aerys y acto seguido hacia las doncellas de
Rhaella. Joanna iba con ella, como siempre, pero ni siquiera se había molestado
en saludarlo. El príncipe en cambio seguía pendiente de aquella joven dorniense, hasta que un caballero de la Guardia Real se acercó a él para murmurarle algo
al oído.
–
Esperadme aquí, volveré en seguida –les dijo Aerys antes de marcharse junto al
caballero.
–
Puedes estar tranquilo, no haremos nada malo, como niños buenos que somos –contestó
Steffon a la vez que fingía una sonrisa infantil y Tywin negaba con la cabeza, renegado
por el comportamiento de su compañero.
–
Él no tiene interés en ella –dijo finalmente el rubio cuando vio cómo Aerys entraba en la
fortaleza–, ni siquiera la ha mirado.
–
Yo tendría cuidado –insistió Steffon–. De hecho creo que es la única doncella
que le falta por catar.
–
No la tocará –insistió con vehemencia–. No lo hará.
–
¿Cómo estás tan seguro?
–
Sabe que es mi familia, tan cercana como una hermana… no la tocará por
respeto hacia mí.
–
Veo que confías en él –sonrió Steffon, dándole un par de palmadas en el hombro.
«La capital no es un lugar para confiar»,
se repitió a sí mismo.
–
¿Tú no confías en él?
–
Yo confío cuando tengo que confiar –respondió Steffon como si tal cosa, sin
perder aquella sonrisa tan característica en él.
–
Gran filosofía la tuya –murmuró Tywin, mirándole de soslayo–. Como si el resto
del mundo no hiciese lo mismo que tú.
–
No todo el mundo, de lo contrario no se habrían dado tantas traiciones a lo largo de la
historia. Pero todos caemos en la trampa, como malditos insectos. Seguro que
hasta el gran Tywin Lannister, heredero de la Roca, joven siempre malhumorado
que no sabe sonreír y que no cree en el amor, también será traicionado alguna
vez en su vida.
–
Vaya, muchas gracias por predecir mi futuro. Te estaré eternamente agradecido –comentó
con sorna mientras Steffon reía.
–
Seguro que, a pesar de ser como eres, existe al menos una persona en la que
confías por completo.
–
Es posible.
–
¿Y puedo saber quién es?
–
A ti te lo voy a decir, que te conozco hace tres días –Steffon volvió a reír.
–
Mucho mejor así –dijo dándole otra palmada en la espalda y separando su brazo
de los hombros de Tywin.
«Me equivoqué con él… no es tal y como yo
pensaba».
Rhaella
y sus doncellas ya habían desaparecido de sus vistas, no había nada con lo que poder distraerse, por lo que ambos
jóvenes comenzaron un nuevo duelo. Todo estaba en calma, en paz. «No, la capital no es un lugar donde poder
relajarse».
–
Parad.
Los
dos obedecieron nada más escuchar la orden de Aerys, que avanzaba hacia ellos
con paso rápido pero sereno.
–
Lo sentimos, Aerys. No nos hemos comportado como niños buenos, merecemos un
castigo ejemplar.
–
Steffon, no es momento de bromas –dijo el príncipe cuando estuvo lo
suficientemente cerca de ellos–. No tengo buenas nuevas –murmuró en voz baja
para que nadie más pudiera escucharle, aunque mantenía un gesto tranquilo.
Tywin en cambio no pudo evitar una ligera mueca de preocupación–. No, no se
trata de tus tierras –le aclaró Aerys rápidamente.
–
¿Entonces?
–
Ha llegado un cuervo desde Piedrasangre… –explicó Aerys–, los Fuegoscuro han
vuelto. Han conquistado la ciudad de Tyrosh y ahora también las islas de los
Peldaños de Piedra.
–
¿Cómo? –Preguntó Steffon–. Tenía entendido que sólo quedaba Maelys. ¿Un solo Fuegoscuro ha logrado
todo eso?
–
Parece que ahora ese adefesio es capitán de la Compañía Dorada.
–
Mercenarios… –susurró Tywin.
–
Nunca te puedes fiar de tener a los mercenarios como aliados, mas debo
reconocer que tampoco me gusta tenerlos como adversarios –confesó el Targaryen–.
Sabéis lo que esto significa, ¿no? –Tywin y Steffon asintieron.
–
Guerra –respondieron al unísono.
asi que siguen enfadados......, pero me tengo que documentar no se nada de esa guerra.....
ResponderEliminarBueno, si no sabes nada mejor que mejor, más intriga, ¿no crees? ;) Así no sabes nada de lo que pasará en el fic
Eliminarsoy adicta a los spoilers jaaaaa
ResponderEliminarMal hecho! Yo los odio jajaja
Eliminarhas leido en los siete reinos el curioso caso de tywin lannister? creo que no te va a gustar, a mi tampoco
ResponderEliminarLo leí a raíz de tu comentario y la verdad que no me gusta mucho jajaja, pero bueno, son teorías, bien pueden ser ciertas o falsas. Cada uno ve a los personajes de una manera distinta.
EliminarEs bien posible que Tywin creara ese túnel, pero como bien dicen en el post, podría haberlo hecho después de la muerte de Joanna.
cuando el siguiente capitulo, estoy impaciente, exelente tranajo!!!1
ResponderEliminar¡¡Gracias por los elogios e infinitas gracias por la paciencia!! Lo sé, a veces tardo más en escribir que el propio George RR Martin =(
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